Connect with us

Venezuela

02/05/2018 5:16 pm ET

Hospedarse en el Hotel Humboldt podría costar mil dólares

Luego de años de abandono, mala administración y olvido, el Hotel Humboldt, ícono de Caracas se encuentra bajo un proceso de restauración. Las dificultades y los costos que requería mantenerlo, aunado al cierre primero intermitente y luego indefinido del teleférico terminaron de condenar la obra.

En la restauración que comenzó el Gobierno hace seis años, impulsada por un Nicolás Maduro que entonces era canciller, ha sido un trabajo casi arqueológico, que ha guiado escrupulosamente Gregory Vertullo, quien fue el último asistente de Sanabria y que sorprendentemente, y como si se tratara de un segundo milagro, ha logrado domesticar los nuevos ánimos y gustos del poder de turno. Es un ejemplo de restauración en una ciudad que ha sido indiferente a la desaparición y deterioro de su patrimonio arquitectónico. Ahora es nuevamente una isla de profesionalismo y belleza, en medio de la debacle económica y social que vive el país sudamericano.

La intervención logró devolver la edificación a su estado original, cumpliendo con las actualizaciones tecnológicas que requiere un hotel cinco estrellas, cuya estancia podría costar 1.000 dólares la noche y que será usado para alojar a altos mandatarios.

Desde hace cuatro años, Loly Sanabria, hija del arquitecto que construyó la obra se ha encargado de llevar grupos de personas a recorrer las instalaciones del hotel, cuya noche de hospedaje podría costar mil dólares y que será usado para alojar a altos mandatarios.

En las visitas, entre obreros, polvo y cientos de cajas del nuevo mobiliario, ahora replicado en China, da cuenta del lugar que conoció de niña cuando aún conservaba su esplendor inicial, el tiempo en que llegaban cruceros turísticos al puerto de La Guaira y Celia Cruz y Tito Puente ofrecían sendos conciertos en los Carnavales de Caracas y se alojaban en el Humboldt.

Ella cuenta la historia agridulce del hotel, con todas sus precisiones técnicas de su debacle y de su actual recuperación, que también podría anticiparse incierta.

Los años siguientes a su apertura, ella y su padre documentaron una contradictoria historia de abandono y lujo. Durante los años de desidia se cortaron los tensores de la losa flotante de la estancia íntima, se tabicó el gran salón para crear salones temáticas, se demolieron murales, se dañaron otros intentando restaurarlos, se techaron las bóvedas, se colocaron tejas de barro para recrear un “rincón criollo” dentro de una edificación moderna, se colocaron paredes que violaban los espacios diseñados por Tomás Sanabria con líneas que parecen no terminar y donde las nubes y la montaña se meten por cualquier resquicio.

El País

Lee también:

Advertisement
Advertisement