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Venezuela

18/03/2018 6:20 am ET

Cómo es la vida actualmente en Los Roques

Todo empezó con una sugerencia durante una cena. Siguió con una búsqueda en Google y con la acelerada firma del testamento. Y terminó con un mojito acariciado por una templada brisa marina.

Rosemary y William Dunkley están lejos de su casa en el sur de Inglaterra. Son jubilados y pese a su avanzada edad decidieron emprender una aventura: hacer turismo en Venezuela.

Se están bebiendo el que quizás sea el mojito más barato de sus dilatadas vidas en la terraza de un apacible bar-restaurante en el archipiélago de Los Roques, en el Caribe, al norte de la costa de Venezuela.

Es uno de esos lugares idílicos de arena blanca y aguas ultraturquesas que uno casi no se explica que esté tan vacío.

Los Dunkley son los únicos clientes de la terraza en una noche de final de febrero.

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“¿Los Roques? No lo habíamos escuchado nunca”, me dice Rosemary con su académico acento británico a diez metros de la orilla de un mar tranquilo que apenas mece las barcas blancas.

Entrada a Gran Roque.

Los Dunkley son un acomodado matrimonio jubilado que tras una vida de trabajo disfruta de la tercera edad para viajar y conocer mundo.

Buscaban un nuevo destino cuando hace varios meses una amiga en una cena les lanzó una sugerencia: “¿Por qué no van a Los Roques, en Venezuela? Es hermoso”.

Hicieron una rápida consulta en Google. Y enseguida se convencieron.

“Queríamos algo que no fuera muy turístico”, me dice William, que como aficionado a la pesca encontró un destino ideal.

“Es increíble, una burbuja sin explotar. Estamos sorprendidos de que haya tan poca gente”, agrega, encantado de haber tomado la decisión de venir.

El testamento

A sus hijos, sin embargo, no les sonó bien eso de que sus ancianos padres se marcharan a Venezuela, un país que aparece en los medios siempre por noticias preocupantes. El Ministerio de Exteriores del Reino Unido recomienda viajar al país sólo si es necesario.

“Estaban un poco preocupados, así que decidimos dejar hecho nuestro testamento”, afirma Rosemary con una sonrisa.

“¿Firmar el testamento antes de venir a Venezuela?”, pregunto sorprendido.

“Sé que suena ridículo, pero es cierto”, asegura William, riéndose un poco de sí mismo y de esos hijos que a cierta edad se convierten en padres controladores de sus propios progenitores.

El matrimonio voló vía París a la temida Caracas, una de las ciudades más violentas del mundo.

“No nos sentimos en peligro para nada”, afirman tras pasar apenas una noche de hotel cerca del aeropuerto antes de volar al día siguiente durante media hora hasta Gran Roque, el único de los 42 cayos del archipiélago que está habitado.

“El secreto mejor guardado”

Tampoco hay peligro en Los Roques, que escapa de casi todos los problemas que afectan a la Venezuela continental, sobre todo de la inseguridad.

“Es el secreto mejor guardado”, me dice Rosemary, que no comprende cómo semejante destino está tan poco explotado.

Ese es precisamente uno de los encantos de Los Roques, que tiene un turismo muy controlado que paga su estancia en dólares o en bolívares, pero a la tasa de cambio en el mercado negro.

Tres días en una posada en pensión completa, con vuelo de ida y vuelta a Caracas, y con los trayectos en barco a los diferentes cayos, está por debajo de los US$300.

Son precios imposibles para un venezolano que gane en bolívares, pero muy asequibles para alguien con dólares, euros o libras.

Por eso los Dunkley se asombran de que cada mojito que toman como si fuera agua les cueste apenas US$2.

Raquel y Luis, españoles jubilados de 73 y 83 años, respectivamente, también destacan lo barato del precio en comparación con Europa y otros destinos. Me instan con una sonrisa a que no escriba este artículo sobre Los Roques para que nadie descubra el lugar.

La otra cara de Los Roques

A apenas dos arenosas calles de esas posadas boutique asoma la otra Venezuela, esa que no verán los jubilados europeos ni los jóvenes que se toman un trago mientras disfrutan de música chillout y del atardecer.

Son las 8:00 de la mañana y la calma del Gran Roque sólo la rompen los ruidosos niños que acaban de entrar en la escuela y cantan el himno nacional para comenzar la jornada.

Miguel Salazar repara su atarraya, la red con la que se gana la vida pescando. Lleva 20 días sin salir a faenar.

A los pescadores les está afectando el cierre de la frontera decretado por el presidente Nicolás Maduro en enero que impide el comercio con las islas de Aruba, Bonaire y Curazao, próximas al archipiélago.

Vender la mercancía a los comerciantes venezolanos de la costa supone hacerlo a un precio diez veces menor.

A eso se suman los problemas de abastecimiento. Un barco del gobierno carga los suministros desde la costa una vez a la semana. Algún supermercado incluso compra en Caracas y lo transporta por su propia cuenta.

No hay tanta escasez como en otras partes del país, pero el flete eleva los costos.

Entro a un supermercado y encuentro pan de molde y leche de larga duración que hace semanas que no veo en Caracas. El cartón de 30 huevos es más caro que en la capital.

“Está todo muy costoso. A veces no se puede pagar”, me dice Salazar mientras Loli Marcano, quien se autodefine como su “concubina”, lava y tiende la ropa a un sol que ya desde temprano quema.

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Creditos: BBC

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