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Internacional

25/09/2018 10:02 pm ET

Teresinha, la monja brasileña que cura los pies de los caminantes venezolanos en Bogotá

Desde el Centro de Atención al Migrante, destina todos sus días a dignificar la vida de los desplazados del vecino país.

Teresinha

La hermana Teresinha Monteiro vio llegar a la mujer con los pies llagados. Había caminado en chanclas plásticas desde Venezuela hasta Bogotá. Al verla así, otro venezolano le cortó el cuero para supuestamente ayudarla. El pie le quedó en carne viva. “Yo no lo podía creer, tenía los pies muy mal. Estuvo 15 días sin poder pararse y del desespero, apenas se recuperó, se devolvió a Venezuela. Me contó que lo hacía porque sentía que acá no iba a conseguir trabajo y tenía que regresar a cuidar a su hija”, dijo la hermana.

Teresinha confesó que ese día, ayudando a aquella mujer, experimentó una conmoción inédita. Algo que nunca había sentido en sus más de 38 años como religiosa, desde que dejó su hogar en Santa Catarina, sur de Brasil, y se unió a las Hermanas Scalabrinianas.

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Ellas, desde el Centro de Atención al Migrante en el occidente de Bogotá, destinan todos sus días a dignificar la vida de las personas que hasta allí se acercan, migrantes y desplazados, mediante la orientación psicológica, capacitación laboral, alimentación y un techo en donde puedan pasar unas cuantas semanas mientras encuentran dinero y un empleo.

Según números del Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos en Colombia y de Migración Colombia, a junio de este año, había en el país cerca de 820 mil venezolanos, entre documentados e indocumentados.

Todo se traduce en más necesidades, mayor ahínco para saciarlas y, por ende, más trabajo para las Hermanas Scalabrinianas, incluida la hermana Teresinha.

“No se trata solo de que vengan para darles comida. Hay personas que necesitan una atención más completa”, dijo entre suspiros.

Al Centro llegan muchos. Su calzado, por lo general, está gastado o roto. Pero, lo verdaderamente impactante, más allá de lo que cuentan, es el testimonio de su cuerpo. En especial, el estado de las plantas de sus pies. Ampollas, llagas, pus y sangre son el patrón recurrente.

Sin que se lo pidan y despojada de cualquier vestigio de desagrado, la hermana Teresinha junta agua, jabón antibacterial, magnesio, y un tazón, y procede a dar alivio a los destrozados pies de los caminantes.

“Yo lo hago como si fuera mi mamá, mi papá o mis hermanos de sangre. De tantos pies que he lavado, cada uno tiene algo que te choca, que te produce un dolor en el alma.”

Luego, se explica:

“Siento compasión de atenderlos. Me da demasiada tristeza. A más de uno, cuando les lavo los pies, miro hacia arriba y están llorando. Eso parte el alma.”

La hermana se reclina, se sumerge en la atención que presta, enjuaga cada rincón y seca cuidadosamente con una toalla. La imagen atrapa. Cuesta no encontrar semejanzas con aquel pasaje bíblico que relata la forma en que Jesús, siendo ya consciente de la suerte que le esperaba, lavó, durante la última cena, los pies de sus discípulos en una clara muestra de humildad y amor por el prójimo.

“Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.”(Jn13,5)

La hermana Teresinha lo hace con relativa frecuencia.

“Entonces si esa persona está allí y está necesitada, yo siempre voy a ayudarla en la medida de lo posible. Bien sea hablando o curándole los pies”, dice.

De tanto indagar sobre las muchas veces que ha realizado este gesto de humanidad, se le quiebra la voz. Su semblante, casi siempre alegre, se abruma. Pese a tener la certeza de estar ayudando a personas necesitadas, suele tener sentimientos encontrados y, en más de una ocasión, ha experimentado rabia e indignación.

“Es difícil no ofuscarse por la situación de muchos que uno ve. Ellos no tienen la culpa y aun así son los que más sufren. Llevan la peor parte”, dice.

Su posición es crítica. Tiene claro que sus acciones, si bien contribuyen a mejorar temporalmente la vida de unos cuantos, no son remedio suficiente. Define la xenofobia como la falta de pensar en el otro y considerar que todos, sin exclusiones, están expuestos a realidades complejas y cambiantes. Utiliza como ejemplo lo que pasaba, hasta hace no mucho, en Ecuador, en donde se acusaba a los colombianos de ingresar ilegalmente, quitarles los trabajos a los ecuatorianos y propagar el crimen. Lo califica de absurdo, tal como lo son las acusaciones contra los venezolanos que se ven hoy en día.

Pero no todo es reprobación. También ha presenciado actos de bondad de muchas personas. Varias han ido al Centro con donaciones de todo tipo, desde ropa, cobijas y dinero, hasta vacantes en empresas para los migrantes que necesitan un sueldo. Cree que este germen de humanidad puede ser el inicio de algo bueno.

“La política y la situación va cambiando si yo aporto desde mi pequeño espacio. Lento, pero cambia” finalizó.

Con información de semana.com

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