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Internacional

14/04/2018 10:00 am ET

Descubrieron enfermedad que solo ocurre en Suecia

Durante casi dos décadas Suecia ha estado combatiendo una misteriosa enfermedad: el síndrome de la resignación.

Afecta solo a los hijos de quienes buscan asilo y los síntomas incluyen un aislamiento completo. Dejan de caminar y hablar, o de abrir los ojos. Eventualmente se recuperan.

Este jueves, una imagen de dos hermanas que sufren este raro síndrome obtuvo el primer premio individual dentro de la categoría “Gente” en la edición 2018 del prestigioso concurso anual de fotoperiodismo World Press Photo.

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Sobre la imagen del fotorreportero sueco Magnus Wennman, tomada en marzo del año pasado en Horndal, al sur del país, se explica: “Djeneta lleva 2 años y medio postrada en cama sin responder, y su hermana Ibadeta va más de seis meses”.

 

Pero los ojos de Sophie están cerrados. Usa un pañal y lleva una sonda adherida a la nariz: así es cómo la niña ha sido alimentada durante los últimos 20 meses.

Sophie y su familia están buscando asilo y vienen de la antigua Unión Soviética. Llegaron en diciembre de 2015 y viven en un alojamiento para refugiados en una pequeña ciudad en el centro de Suecia.

“Su presión arterial es bastante normal”, dice la doctora Elisabeth Hultcrantz, voluntaria de Médicos del Mundo. “Pero su pulso es elevado así que quizás está reaccionando por tanta gente que vino a visitarla hoy”.

Hultcrantz analiza los reflejos de Sophie. Todo funciona normalmente. Pero la niña no se mueve.

 

Los niños más vulnerables son los que han sido testigos de violencia extrema, a menudo contra sus padres, o cuyas familias han huido de un ambiente profundamente inseguro.

“Historia aterradora”

Los padres de Sophie tienen una historia aterradora de extorsión y persecución de una mafia local. En septiembre de 2015, su coche fue detenido por hombres con uniforme de policía.

“Nos sacaron arrastrando. Sophie estaba en el coche así que vio cómo nos golpearon fuertemente a mí y a su madre”, recuerda su padre.

Los hombres dejaron ir a la madre de Sophie y ella tomó a su hija y corrió. Pero el padre no pudo escapar.

“Me llevaron con ellos y después no recuerdo nada”, dice.

La madre de Sophie la llevó a la casa de una amiga. La niña estaba muy alterada. Lloraba y gritaba: “¡Por favor, vete y encuentra a papá!”, y golpeaba la pared con los pies.

Tres días después el padre hizo contacto con ellas y desde entonces la familia estuvo huyendo, escondida en casas de amigos, hasta que salieron hacia Suecia tres meses más tarde.

Al llegar la policía los detuvo por horas. Poco después Sophie se deterioró rápidamente.

“Después de un par de días notó que ya no jugaba tanto como solía hacerlo con su hermana”, dice su madre, que está esperando otro bebé el próximo mes.

 

Se dijo que los niños estaban fingiendo o que los padres los estaban envenenando para asegurar su residencia. Ninguna de estas historias ha sido comprobada.

En la última década, el número de niños que se ha informado sufren de síndrome de la resignación ha disminuido.

La Junta Nacional de Salud de Suecia recientemente declaró que hubo 169 casos en 2015 y 2016.

Los más vulnerables siguen siendo los niños de grupos geográficos y étnicos particulares: los de la antigua Unión Soviética, los Balcanes, los niños gitanos, y más recientemente los yazidíes.

Sólo un número pequeño es de migrantes no acompañados, ninguno proviene de África y hay muy pocos de Asia.

 

“Una forma de reaccionar o responder a eventos traumáticos parece estar legitimada en ciertos contextos”.

De alguna forma, aunque no se conocen los mecanismos o por qué ocurre en Suecia, el tipo de síntomas que presentan los niños están sancionados culturalmente: es la manera como estos menores tienen permitido expresar sus traumas.

¿Contagioso?

Si ese es el caso, esto plantea una pregunta interesante: ¿es contagioso el síndrome de la resignación?

“Eso está algo implícito en el modelo. Si le ofreces el tipo correcto de nutriente a ese tipo de conductas en una sociedad, también verás más casos”, afirma Sallin.

El principal obstáculo para entender el trastorno es la falta de investigación sobre éste. Nadie ha hecho seguimientos a lo que ocurre con estos niños. Lo que sabemos es que sobreviven.

Para los padres de Sophie es difícil de creer. No han visto cambios en su hija durante 20 meses. Sus días están dirigidos por el régimen de la niña: los ejercicios para que no se desgasten sus músculos, los intentos para involucrarla con música o caricaturas, las caminatas en el exterior con su silla de ruedas.

“Tienes que endurecer tu corazón con estos casos”, dice el pediatra de Sophie, el doctor Lars Dagson.

“Sólo puedo mantenerla viva. No puedo hacer que mejore porque como médicos, no decidimos si estos niños pueden quedarse en Suecia o no”.

Los solicitantes reciben una visa de 13 meses o 3 años. La familia de Sophie obtuvo la primera, y ésta expira en marzo del año próximo.

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